Cuentos de una poeta

28 Enero 2008

RESEÑA DEL LIBRO: NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA

Archivado en: libros — carmenmariacamachoadarve @ 14:56

 

 

 

 RESEÑA DEL LIBRO: NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA, vigésima  edición, lo podéis pedir por correo en  www.edicioneslorddbyron.blogspot.com

 

Poeta  eres del mundo. Vives como cualquier mortal. pasas por la vida y nada mas. Un poeta.  Los poetas vivimos siempre desde los primeros tiempos del hombre. El precio que pagamos en el paso por la vida, es muy caro.  Los poetas no nos damos cuenta de la muerte. Este libro que os presento: huelen a tierras lejanas, a versos, a veces escritos con sangre, a  hojas del árbol  centenario. Los poetas no deberíamos habitar en la tierra. Nuestra sensibilidad es  mortificación, la cruz. Poetas  en la tierra. Solo queremos la paz, el respeto, a todos los seres del planeta. Poetas perdidos en un mundo que no entendemos.

 

Este libro lleno de magia: NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA, vigésima  edición, lo podéis pedir por correo en  www.edicioneslordbyron.blogspot.com

 

The day after tomorrow

 

 

La   mañana

 

 quería ser

 

alondra.

 

 

 

 Y la  tarde

 

quería ser

 

ser gorrión.

 

 

 

 Yo   digo

 

océanos

 

de tonterías.

 

 

 

Y, de todos modos

 

los días se suceden

 

unos tras otros…

 

 

 

Martes

 

miércoles

 

 Y,   viernes.

 

 

 

In the morning

 

the day after tomorrow

 

tomorrow morning.

 

Poema editado en el libro, NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA, vigésima  edición, www.edicioneslodrbyron.blogspot.com

 

©Carmen María Camacho Adarve 

 

 

 

 LUNA ROJA

 

Los ritmos

 De la luna

 Tejen:

  Armonías,

 Simetrías,

 Analogías

 Y participaciones

 Que componen

 Un tejido

 Sin fin,

 Una red

De hebras

 Invisibles

 Que atan

 A la humanidad,

 La lluvia,

 La vegetación,

 Fertilidad,

 Salud,

 Animales,

 Muerte,

 Regeneración,

 Vida después

 De la muerte,

 Y más.

  La luna

 Una divinidad,

 Y actúa

A veces

 A través

 De un animal,

 Lunar,

 Tejiendo

 Un velo cósmico,

 O, los destinos

De aquel primer

 Hombre y ser. 

                              

 

Poema editado en el libro, NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA, vigésima  edición, www.edicioneslorbyron.blogspot.com

 

 

©Carmen María Camacho Adarve

 

12 Enero 2008

El cuello de camisa

Archivado en: cuentos — carmenmariacamachoadarve @ 20:34

Un cuento de Hans Christian Andersen

 

 

Érase una vez un caballero muy elegante, que por todo equipaje poseía un calzador y un peine; pero tenía un cuello de camisa que era el más notable del mundo entero; y la historia de este cuello es la que vamos a relatar. El cuello tenía ya la edad suficiente para pensar en casarse, y he aquí que en el cesto de la ropa coincidió con una liga.

 

Dijo el cuello: “Jamás vi a nadie tan esbelto, distinguido y lindo. ¿Me permite que le pregunte su nombre?”

 

“¡No se lo diré!” respondió la liga.

 

“¿Dónde vive, pues?” insistió el cuello.

 

Pero la liga era muy tímida, y pensó que la pregunta era algo extraña y que no debía contestarla.

 

“¿Es usted un cinturón, verdad?” dijo el cuello, “¿una especie de cinturón interior? Bien veo, mi simpática señorita, que es una prenda tanto de utilidad como de adorno.”

 

“¡Haga el favor de no dirigirme la palabra!” dijo la liga. “No creo que le haya dado pie para hacerlo.”

 

“Sí, me lo ha dado. Cuando se es tan bonita,” replicó el cuello, “no hace falta más motivo.”

 

“¡No se acerque tanto!” exclamó la liga. “¡Parece usted tan varonil!”

 

“Soy también un caballero fino,” dijo el cuello, “tengo un calzador y un peine.” Lo cual no era verdad, pues quien los tenía era su dueño; pero le gustaba vanagloriarse.

 

“¡No se acerque tanto!” repitió la liga. “No estoy acostumbrada.”

 

“¡Qué remilgada!” dijo el cuello con tono burlón, pero en éstas los sacaron del cesto, los almidonaron y, después de haberlos colgado al sol sobre el respaldo de una silla, fueron colocados en la tabla de planchar; y llegó la plancha caliente.

 

“¡Mi querida señora,” exclamaba el cuello, “mi querida señora! ¡Qué calor siento! ¡Si no soy yo mismo! ¡Si cambio totalmente de forma! ¡Me va a quemar; va a hacerme un agujero! ¡Huy! ¿Quiere casarse conmigo?”

 

“¡Harapo!” replicó la plancha, corriendo orgullosamente por encima del cuello; se imaginaba ser una caldera de vapor, una locomotora que arrastraba los vagones de un tren.

 

“¡Harapo!” repitió.

 

El cuello quedó un poco deshilachado de los bordes; por eso acudió la tijera a cortar los hilos.

 

“¡Oh!” exclamó el cuello, “usted debe de ser primera bailarina, ¿verdad? ¡Cómo sabe estirar las piernas! Es lo más encantador que he visto. Nadie sería capaz de imitarla.”

 

“Ya lo sé,” respondió la tijera.

 

“¡Merecería ser condesa!” dijo el cuello. “Todo lo que poseo es un señor distinguido, un calzador y un peine. ¡Si tuviese también un condado!”

 

“¿Se me está declarando, el asqueroso?” exclamó la tijera, y, enfadada, le propinó un corte que lo dejó inservible.

 

“Al fin tendré que solicitar la mano del peine. ¡Es admirable cómo conserva usted todos los dientes, mi querida señorita!” dijo el cuello. “¿No ha pensado nunca en casarse?”

 

“¡Claro, ya puede figurárselo!” contestó el peine. “Seguramente habrá oído que estoy prometida con el calzador.”

 

“¡Prometida!” suspiró el cuello; y como no había nadie más a quien declararse, se las dio en decir mal del matrimonio.

 

Pasó mucho tiempo, y el cuello fue a parar al almacén de un fabricante de papel. Había allí una nutrida compañía de harapos; los finos iban por su lado, los toscos por el suyo, como exige la corrección. Todos tenían muchas cosas que explicar, pero el cuello los superaba a todos, pues era un gran fanfarrón.

 

“¡La de novias que he tenido!” decía. “No me dejaban un momento de reposo. Andaba yo hecho un petimetre en aquellos tiempos, siempre muy tieso y almidonado. Tenía además un calzador y un peine, que jamás utilicé. Tenían que haberme visto entonces, cuando me acicalaba para una fiesta. Nunca me olvidaré de mi primera novia; fue una cinturilla, delicada, elegante y muy linda; por mí se tiró a una bañera. Luego hubo una plancha que ardía por mi persona; pero no le hice caso y se volvió negra. Tuve también relaciones con una primera bailarina; ella me produjo la herida, cuya cicatriz conservo; ¡era terriblemente celosa! Mi propio peine se enamoró de mí; perdió todos los dientes de mal de amores. ¡Uf!, ¡la de aventuras que he corrido! Pero lo que más me duele es la liga, digo, la cinturilla, que se tiró a la bañera. ¡Cuántos pecados llevo sobre la conciencia! ¡Ya es tiempo de que me convierta en papel blanco!”

 

Y fue convertido en papel blanco, con todos los demás trapos; y el cuello es precisamente la hoja que aquí vemos, en la cual se imprimió su historia. Y le está bien empleado, por haberse jactado de cosas que no eran verdad.  Tengámoslo en cuenta, para no comportarnos como él, pues en verdad no podemos saber si también nosotros iremos a dar algún día al saco de los trapos viejos y seremos convertidos en papel, y toda nuestra historia, aún lo más íntimo y secreto de ella, será impresa, y andaremos por esos mundos teniendo que contarla.

©Carmen María Camacho Adarve

 

 

FINIS

Disparo versos

Archivado en: CUENTOS DE UNA POETA — carmenmariacamachoadarve @ 20:25

A ratos abro las puertas a la nostalgia, la realidad golpea los cristales.  A veces, Lleva en su bolso una cuenta olvidada, cuatro monedas y una manzana. Lleva tiempo detenida en un poema ácido, que nació al verse entre reptiles humanos

 

 He limpiado los cristales de las ventanas por desamor, el piso tiene aire de invierno

Y los personajes escondidos en las repisas de libros, Hacen guiños a la mañana,

 Opinando luz, ignorando ese abandono.

 

Cruzo rápido la calle, evitando al destino; Delirante, ensimismada en el silencio de mi alma, disparo versos con los ojos y decido pasar más inadvertida que antes.

 

©Carmen María Camacho Adarve

 

TERTULIAS POETÍCAS

Archivado en: CUENTOS DE UNA POETA — carmenmariacamachoadarve @ 20:10

 

La poeta sabe bien que las tertulias en apariencia absurdas de artistas vanguardistas, del verso, que todas las tardes merienda en terrazas de cafeterías en coquetas plazoletas.  Son un grupo de presión social; tan importantes:  como el mundo de la cultura, tan importante como los alcaldes, tan importantes como los curanderos, tan importantes como los guardianes de despropósitos, tan importantes como los recaudadores de impuestos, casi tan importantes, como los concejales de Cultura, como la ora; zona azul, zona naranja ,tan importantes como las cosas mas tontas, que son importantes ,tan importantes como la edad del hombre, y tan importantes como algunos periódicos,  en sus actuaciones tan importantes,  esta poeta, les producen algún que otro sobresalto, recuerda poeta que tu no eres, ni quieres, ni serás tan importante. Tu herramienta poeta es la palabra.

 

©Carmen María Camacho Adarve

MALAS PALABRAS

Archivado en: CUENTOS DE UNA POETA — carmenmariacamachoadarve @ 20:06

 

  Las palabras escritas de aquella desconocida galopaban a latigazos por mi sangre, como cuclillos  afilados.

  En contacto con el aire, cobraban formas de panes secos y duros de tonos enmohecidos y olores ocres.

 Dañaban desde el mismo momento en que rozaban el papel blanco cruzando distancias que me separaba.

 Me producían un dolor intenso insoportable.

Se habían cruzado las palabras en mis textos, en las aceras, de la ciudad corriente.

 me habían elegido sus palabras a para descargar su ira, entre un centenar, un millar  anónimas  palabras que recorrían en el mismo instante todas las calles.

La  mala impresión inicial y la repulsa inmediata de aquellas palabras  confirmaba al contemplar la imagen espantosa de la ladrona de palabras, veía  aquella  figura ante  ojos, con  curiosidad y repugnancia, recreándome morbosamente sin ser capaz de evitarlo, en cada uno de las consonantes: un olor nauseabundo de vocales,  grasientas, envenenadas,  enmarañadas, no lucían, como un abrigo oscuro y destartalado,  pantalones con los dobladillos descosidos, en los que las palabras se tapaban unas  otras  calzado zarrapastrosas en los pies, sandalias mediocres…

La ladrona de palabras las encadenaba en una retahíla de sin sentidos, palabras atropelladas y entremezcladas.  Despotricaban, insultaban, gritaban, alzaban las manos en señal de reclamo a algún poder supremo, siempre se dirigían a mi, mortificándome infinitas a lo largo de mi camino.

 La brusquedad del encontronazo me habían atrapado me mantenía inmóvil, anclada a aquella baldosa del suelo;

 en ese diminuto pedazo de mundo que parecía  querer que yo habitara desterrada siempre

Las palabras como hojas afiladas de cuchillos empezaban a producirme una sensación de rigidez seguida por un hormigueo insoportablemente intenso y dolorosos calambres.

Al principio, intente analizar la situación, mantener algún tipo de calmada perspectiva, resultó imposible.

No entendía que clase de imperativos irracionales son suficientes para arrastrar a una persona a perder el control así, abandonándose por completo, los imperativos, los gerundios, me encadenaron a paranoia para alejarme de la realidad, cotidiana de mi realidad.

 

¿Cuándo se rompe el hilo finísimo de las malas palabras que nos ata a la cordura, en qué momento distes a la ladrona de palabras, carta blanca?  ¿Dejaste a otros?  -entrometerse- en el ritmo de tu corazón- ¿en tu existencia?

 

Las malas palabras continúan creciendo, como la mala hierba, empezaba a resultar insoportable.

Aún así, seguía sin hacer absolutamente nada.

Me limitaba a observarlas perpleja, sin alcanzar la velocidad de los epítetos, de los gerundios, imperativos…

 Debía tomar una decisión.

 

 

Opte   por escucharlas.

Opte por dejarlas correr.

Opte por permitirles desahogarse, gritar, jurar, maldecir, llorar, arrodillarse, arrastrarse, suplicar, callar, esbozar una sonrisa maliciosamente leve, y tras años, los  más largos vividos, Al abrir mis tres baúles de palabras buenas

 Comencé a reír a carcajadas.

Reía con entusiasmo, como ríen los niños, con la frescura que la vida me arrebata.  Reía con la felicidad que da la libertad, la vida, la verdad.  Al abrir mis tres baúles de palabras buenas palabras –horrorizadas- huían las palabras malas

Mi risa era magia en estado puro esortizaba a las malas palabras y muchos de los que un día se apartaron de aquellas calles de una ciudad cualquiera, contagiados, se marcharon sonriendo.

Me fui con mis baúles repleto de carcajadas con las gentes sencillas.

©Carmen María Camacho Adarve

 

 

 

 

Archivado en: General — carmenmariacamachoadarve @ 19:12

caren-maria-018.jpg

BULEVAR DE LAS CAMELIAS 133

 

 

Mi vecina del piso de enfrente es una poeta rara y nada ambiciosa.  Yo, soy pobre de mí,   optimista y confiada.  Cuando me instalé en mi  minipiso –soy afortunada tengo un minipiso-  en el bulevar, amueblado con todo lujo, un minipiso a nivel de subsecretaria de dirección- , cuando tome posesión de   mi minipiso, decía, encontré a la vecina  rara en el ascensor, y  pensé: «Esta mujer  carece de ambición.»  Me di cuenta de que así era ya que soy muy   observadora.  Además, tenía cara de buena persona.  Contrastando abiertamente con el suyo, mi aspecto es despejado, aspecto de persona dinámica, inteligente, capaz, con personalidad agradable, con imagen ganadora.  Me causaron gracia su frente estrecha, sus ojos enormes, su nariz ancha, su labios sin carmín: todo lo cual se resumía en una imagen mediocre, sin perspectivas de futuro, sin ansias de progreso; una imagen de mujer sin ambición, en suma.  En el espejo del ascensor comparé el exterior de aquella mujer con la mía de persona dinámica: la comparación resultó decididamente favorable para la persona dinámica.  Admiré una vez más mis rasgos delicados, mis ojos vivaces, mi nariz recta: las facciones típicas de la mujer de talento.  Además, en nuestra editorial, mi elegancia es proverbial: soy alta y delgada, y estoy siempre perfectamente vestida, maquillada, peinada, y perfumada.  Mi vecina sin ambición es bajita y un poco gorda; tiene el pelo muy seco y su forma de vestir no es elegante.  Yo visto impecablemente -a nivel editorial- gracias al exquisito gusto que me caracteriza.  La descubrí en Internet ella misma me dio la dirección de su blog,  de poeta, tenia un nombre comercial y las poesías eran buenas,  me lo dijo un día en el portal -¡ah trabajas en una editorial- , ¡pues a ver si me lees y puedes hacer algo por mi¡… y así fue como empecé a vivir de ella  Para no herir mi sensibilidad, prefiero abstenerme de describir la vestimenta de la vecina, claro que vivia en el edificio por convenios sociales y esas cosas de la igualdad…  El hecho de que la vecina poeta se precipitara, reconociendo jerarquías, a abrirme la puerta del portal, no logró, sin embargo, conmoverme.  Fue su error.

Ya que advertí que la vecina poeta quería entablar conversación.  Su tema, como podía esperarse, era la poesía, y que si ya había leído su blog: fue el tema propio de una mujer sin ambición.  Me dijo que el calor había venido con toda su fuerza y que, si a la noche no llovía, no sabía qué podía pasar mañana, no podía dormir, carecía de aire acondicionado en su minipiso.  Yo, como soy tan chispeante, le seguí la corriente -para utilizar una expresión un tanto vulgar, impropia del ámbito de la cultura-.  Para divertirme, en vez de hacerle una detallada descripción de mi aparato de aire acondicionado -como hubiera sido lógico-, le informé que yo tenía un método infalible para saber cuándo llovería, y la apabullé diciéndole que esa noche no caería una gota.  Mi vecina poeta, que me creyó pies juntillas.  Sin embargo, su timidez le impidió preguntarme cuál era el método.  Por otra parte, ya habíamos llegado a nuestro piso.

Desde entonces empecé a divertirme a costa de la vecina poeta.  Las ejecutivas necesitamos relajarnos para despejar la mente de la intensa tarea intelectual que desarrollamos en la empresa.  Cada día me inventaba una mentira.  Mi vecina -por ser tan ingenua-   es tontamente crédula.

 Le hice creer que yo iba a ser su mecenas.  No le quise decir la verdad porque soy modesta y también porque soy ocurrente.  Además, hay otro problema.  Mi vecina poeta vende prensa y revistas en la estación de Atocha y tiene que trabajar hasta la tres de la tarde para poder mantener su mipiso con vista al río manzanares (una vista apropiada para una poeta: el río lo único que tiene en su interior es agua suciedad).  Por esta razón yo tenía miedo de que me pidiera un puesto de corregir testos.  Y la verdad es que no se lo quiero dar: primero, porque nuestra editorial -líder en su área- está en plan de extinción de personal administrativo; segundo, porque es una de mis fuentes de ingresos.  Además, no tengo confianza con el jefe de personal.  Por otra parte, poseo muchos intereses en nuestra empresa y debo cuidarlos podían pillarme: no trabajo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche para mantener mi mipiso al contrafrente.  De modo que -volviendo al hilo- la vecina poeta, cada vez que me ve, me saluda diciéndome: « ¡Buenas noches!  ¿Cómo está usted?, (Si es de mañana, me dice « ¡Buenos días!», y, si es de tarde, « ¡Buenas tardes!».)  Me agrada ese merecido respeto que me demuestra la vecina poeta.  Yo suelo contestarle con pocas palabras, dichas en un tono cortante y seco, como corresponde a mi estatus.  En la primera época, a la vecina le interesaban los temas literarios y me volvía loca a preguntas.  Al instante inventaba respuestas con el ingenio que me es inherente, con la rapidez de pensamiento que me llevó a ocupar el puesto de subsecretaria de dirección en una editorial líder.  Al principio, me preocupaba por darles a mis respuestas cierto aire de verosimilitud; luego, cuando advertí que mi vecina se lo creía todo, le decía el primer disparate que se me ocurría.

La vecina poeta me admira, siempre quiere quedar bien conmigo.  Un domingo me invitó a almorzar.  Acepte.  Para esa ocasión había preparado, lasaña casera, salmón la sal, y una tarta de queso.  Mi pasión por la verdad no me deja mentir: debo confesar, que aquellos platos estaban deliciosos.  Un día, hojeando los la literatura de vanguardia (yo tengo una biblioteca importante de nogal italiano, a nivel subsecretaria: poseo catorce colecciones de libros encuadernados; cuando doy un cóctel para otros ejecutivos, siempre miran los lomos), se me ocurrió una idea cuya genialidad superaba inclusive a la de todas las anteriores.  En cuanto me encontré con la vecina -¿A usted le gusta los poemas en tres dimensiones?  -pregunté-.  ¿Por qué no hace un poema en tres dimensiones? , éxito seguro.

-¿Un poema tridimensional?  —preguntó-.  ¿Qué es y como se hace un poema en tres dimensiones?

Yo había previsto que no iba a saber qué era un poema visual a tres dimensiones: Le expliqué, recurriendo a mi notable espíritu de síntesis, cuáles eran las características.

-Yo los hago y vende muy bien -agregué.

-¿No me los podría mostrar?  -los vecinos crédulos suelen pedir imposibles.

-Lamentablemente, no.  Lo haría con mucho gusto por ser usted quien me lo pide.  Pero, es un secreto de la editorial: salen muy caros, son tan caros.  Que hay que guardarlo en una caja oscura, preferentemente de madera de ébano, y es fundamental que no reciban fuentes de luz.- ¿Y qué material emplea?

-Colages, versos, rimas, Reggaeton , rap, jip jop y películas de alta sensibilidad.  Ahí está la caja, ¿ve?

Entreabrí un poco la puerta de mi mipiso y, desde lejos, le mostré al vecino tonto una caja que acababan de mandarme con las nuevas muestras de encuadernación sintéticas inarrugables que produce nuestra empresa.  A la vecina poeta se le iban los ojos.  Naturalmente, no lo invité a pasar.  Un vecina poeta no tiene nada que hacer en mi mipiso con aire acondicionado -un mipiso a nivel marketing-.  Nos despedimos y me di cuenta   que la vecina se había quedado con ganas de hacerme más preguntas.  Los vecinos ingenuos  son insaciables. Pero el respeto que le infunde mi sola presencia es tan grande, que no se atrevió a importunarme.

Al día siguiente quiso saber más detalles. Le di las explicaciones más descabelladas que se me ocurrieron.  Todo se lo creía.  Una semana después le mostré el grabado de   la literatura vanguardista.  La vecina quedó encantada.  Nunca había visto dibujos tan de vanguardia: como no es culta, carece de una biblioteca de nogal italiano.

-¿Cuánto le costo su elaboración?

A una persona dinámica, capaz de tomar decisiones rápidas en la jerarquía, no puede sorprenderle ninguna pregunta. 

—El mío me salió…, espere que le diga con exactitud…  Hace dos años que lo tengo…  Últimamente aumentó el euro (usted sabe que a veces el euro aumenta).  Lo pagué en el orden de los catorce mil o quince mil euros.

La vecina   meditaba.

 -agregué, adivinando sus pensamientos-   pueden salir más baratos utilizando material de baja calidad por cinco o siete mil euros.

A continuación le informé que los editaban en Australia, pero que la casa exportadora estaba en Argentina.  Los ilusos se cavan su propia fosa: me pidió la dirección de la casa exportadora.  Sin remordimiento alguno, en otro rasgo de humorismo genial, cumplimenté en el dorso de una de mis tarjetas de opalina sueca —tarjetas a nivel de subdirección- los siguientes datos:    Jorge Luis Borges

133, bulevar de las Camelias

Buenos Aires.  7433

ARGENTINA

Es mi viveza la que me dicta estas ocurrencias espontáneas.  Otras, que no tienen inteligencia rápida, se rompen la cabeza pensando y sin embargo jamás tienen ideas como las mías.  Paso a analizar veloz e imparcialmente los distintos aspectos de mi invención.  Por empezar, le puse como destinatario a Borges, que -si no me falla la memoria, cosa harto difícil- fue el primero, creo, que invento cuentos irreales; además, me parece que ya murió.  El nombre de la calle lo inventé: en por ser poético, evocador…  «Bulevar de las Camelias»; esto es muy sutil.  También inventé el número, sin pensarlo casi.

La vecina me agradeció estas informaciones   efusivamente por la dirección que acababa de darle.  Dijo que iba a escribir inmediatamente.  Yo no podía más de la risa.  A veces los ingenuos pueden tener reacciones imprevisibles, reñidas con los más elementales principios de convivencia social y de respeto mutuo.  En fin estudie previsibles acciones y como actuar en consecuencia.  Tras un mes, compartí el ascensor con la vecina poeta.  Cautelosamente, le pregunté cómo estaba.

-Muy bien, gracias -respondió con una extraña sonrisa (pero ingenua, se entiende)- .  Pero a usted le tengo que hacer un pequeño reproche.

En seguida calculé, de acuerdo con las reducidas dimensiones del ascensor (que paradójicamente nos nivelaba a mí y a la vecina en una misma velocidad de ascenso), qué clase de golpe sería la más contundente para derrotarla.  En estos casos, a los vecinos ingenuos conviene sorprenderlos.

-Estaba equivocada la dirección que usted me dio.

Mirando los numeritos que se iban sucediendo en el tablero del ascensor, fingí sorpresa a nivel Otis.

-Escribí allí al 133 no sé cuánto.  Me contestaron que el señor Borges ya no vive en esa casa.  Llegamos a nuestro pasillo.  Allí estaba a mi merced.  Además, en el caso de sentir una repentina compasión hacia la vecina, yo podría abrir rápidamente la puerta y reprimir mi   furia justificada en mi minipiso con aire acondicionado desde donde me inclinaría a telefonear a las fuerzas del orden.

-¡Lo lamento!  -dije, en un tono a nivel relaciones públicas-.  Lo lamento de veras.  Yo creía…

-No se haga problemas.  Me tuvieron medio dando vueltas, pero, al final, me mandaron la dirección verdadera.  Me salió   un poco caro, treinta mil euros con flete y todo, pero es genial.

La vecina poeta se metió en su minipiso.  Alcancé a ver la caja oscura, de madera de ébano.  ¡Qué tonta es la vecina poeta! .Tener un material tan contaminante en plena avenida Presidente.  Mañana mismo haré una queja a nivel administrador.  ¿Adónde iríamos a parar si dejáramos que los vecinos ingenuos y crédulos realicen sus absurdos caprichos?

©Carmen María Camacho Adarve

 

Si piensa que este blog alberga contenido inapropiado o ilegal, denúncielo aquí

Enlaces recomendados: Callejero - Cartelera de Cines - Cine - Horóscopo - Dibujos para colorear