Mi vecina del piso de enfrente es una poeta rara y nada ambiciosa. Yo, soy pobre de mí, optimista y confiada. Cuando me instalé en mi minipiso –soy afortunada tengo un minipiso- en el bulevar, amueblado con todo lujo, un minipiso a nivel de subsecretaria de dirección- , cuando tome posesión de mi minipiso, decía, encontré a la vecina rara en el ascensor, y pensé: «Esta mujer carece de ambición.» Me di cuenta de que así era ya que soy muy observadora. Además, tenía cara de buena persona. Contrastando abiertamente con el suyo, mi aspecto es despejado, aspecto de persona dinámica, inteligente, capaz, con personalidad agradable, con imagen ganadora. Me causaron gracia su frente estrecha, sus ojos enormes, su nariz ancha, su labios sin carmín: todo lo cual se resumía en una imagen mediocre, sin perspectivas de futuro, sin ansias de progreso; una imagen de mujer sin ambición, en suma. En el espejo del ascensor comparé el exterior de aquella mujer con la mía de persona dinámica: la comparación resultó decididamente favorable para la persona dinámica. Admiré una vez más mis rasgos delicados, mis ojos vivaces, mi nariz recta: las facciones típicas de la mujer de talento. Además, en nuestra editorial, mi elegancia es proverbial: soy alta y delgada, y estoy siempre perfectamente vestida, maquillada, peinada, y perfumada. Mi vecina sin ambición es bajita y un poco gorda; tiene el pelo muy seco y su forma de vestir no es elegante. Yo visto impecablemente -a nivel editorial- gracias al exquisito gusto que me caracteriza. La descubrí en Internet ella misma me dio la dirección de su blog, de poeta, tenia un nombre comercial y las poesías eran buenas, me lo dijo un día en el portal -¡ah trabajas en una editorial- , ¡pues a ver si me lees y puedes hacer algo por mi¡… y así fue como empecé a vivir de ella Para no herir mi sensibilidad, prefiero abstenerme de describir la vestimenta de la vecina, claro que vivia en el edificio por convenios sociales y esas cosas de la igualdad… El hecho de que la vecina poeta se precipitara, reconociendo jerarquías, a abrirme la puerta del portal, no logró, sin embargo, conmoverme. Fue su error.
Ya que advertí que la vecina poeta quería entablar conversación. Su tema, como podía esperarse, era la poesía, y que si ya había leído su blog: fue el tema propio de una mujer sin ambición. Me dijo que el calor había venido con toda su fuerza y que, si a la noche no llovía, no sabía qué podía pasar mañana, no podía dormir, carecía de aire acondicionado en su minipiso. Yo, como soy tan chispeante, le seguí la corriente -para utilizar una expresión un tanto vulgar, impropia del ámbito de la cultura-. Para divertirme, en vez de hacerle una detallada descripción de mi aparato de aire acondicionado -como hubiera sido lógico-, le informé que yo tenía un método infalible para saber cuándo llovería, y la apabullé diciéndole que esa noche no caería una gota. Mi vecina poeta, que me creyó pies juntillas. Sin embargo, su timidez le impidió preguntarme cuál era el método. Por otra parte, ya habíamos llegado a nuestro piso.
Desde entonces empecé a divertirme a costa de la vecina poeta. Las ejecutivas necesitamos relajarnos para despejar la mente de la intensa tarea intelectual que desarrollamos en la empresa. Cada día me inventaba una mentira. Mi vecina -por ser tan ingenua- es tontamente crédula.
Le hice creer que yo iba a ser su mecenas. No le quise decir la verdad porque soy modesta y también porque soy ocurrente. Además, hay otro problema. Mi vecina poeta vende prensa y revistas en la estación de Atocha y tiene que trabajar hasta la tres de la tarde para poder mantener su mipiso con vista al río manzanares (una vista apropiada para una poeta: el río lo único que tiene en su interior es agua suciedad). Por esta razón yo tenía miedo de que me pidiera un puesto de corregir testos. Y la verdad es que no se lo quiero dar: primero, porque nuestra editorial -líder en su área- está en plan de extinción de personal administrativo; segundo, porque es una de mis fuentes de ingresos. Además, no tengo confianza con el jefe de personal. Por otra parte, poseo muchos intereses en nuestra empresa y debo cuidarlos podían pillarme: no trabajo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche para mantener mi mipiso al contrafrente. De modo que -volviendo al hilo- la vecina poeta, cada vez que me ve, me saluda diciéndome: « ¡Buenas noches! ¿Cómo está usted?, (Si es de mañana, me dice « ¡Buenos días!», y, si es de tarde, « ¡Buenas tardes!».) Me agrada ese merecido respeto que me demuestra la vecina poeta. Yo suelo contestarle con pocas palabras, dichas en un tono cortante y seco, como corresponde a mi estatus. En la primera época, a la vecina le interesaban los temas literarios y me volvía loca a preguntas. Al instante inventaba respuestas con el ingenio que me es inherente, con la rapidez de pensamiento que me llevó a ocupar el puesto de subsecretaria de dirección en una editorial líder. Al principio, me preocupaba por darles a mis respuestas cierto aire de verosimilitud; luego, cuando advertí que mi vecina se lo creía todo, le decía el primer disparate que se me ocurría.
La vecina poeta me admira, siempre quiere quedar bien conmigo. Un domingo me invitó a almorzar. Acepte. Para esa ocasión había preparado, lasaña casera, salmón la sal, y una tarta de queso. Mi pasión por la verdad no me deja mentir: debo confesar, que aquellos platos estaban deliciosos. Un día, hojeando los la literatura de vanguardia (yo tengo una biblioteca importante de nogal italiano, a nivel subsecretaria: poseo catorce colecciones de libros encuadernados; cuando doy un cóctel para otros ejecutivos, siempre miran los lomos), se me ocurrió una idea cuya genialidad superaba inclusive a la de todas las anteriores. En cuanto me encontré con la vecina -¿A usted le gusta los poemas en tres dimensiones? -pregunté-. ¿Por qué no hace un poema en tres dimensiones? , éxito seguro.
-¿Un poema tridimensional? —preguntó-. ¿Qué es y como se hace un poema en tres dimensiones?
Yo había previsto que no iba a saber qué era un poema visual a tres dimensiones: Le expliqué, recurriendo a mi notable espíritu de síntesis, cuáles eran las características.
-Yo los hago y vende muy bien -agregué.
-¿No me los podría mostrar? -los vecinos crédulos suelen pedir imposibles.
-Lamentablemente, no. Lo haría con mucho gusto por ser usted quien me lo pide. Pero, es un secreto de la editorial: salen muy caros, son tan caros. Que hay que guardarlo en una caja oscura, preferentemente de madera de ébano, y es fundamental que no reciban fuentes de luz.- ¿Y qué material emplea?
-Colages, versos, rimas, Reggaeton , rap, jip jop y películas de alta sensibilidad. Ahí está la caja, ¿ve?
Entreabrí un poco la puerta de mi mipiso y, desde lejos, le mostré al vecino tonto una caja que acababan de mandarme con las nuevas muestras de encuadernación sintéticas inarrugables que produce nuestra empresa. A la vecina poeta se le iban los ojos. Naturalmente, no lo invité a pasar. Un vecina poeta no tiene nada que hacer en mi mipiso con aire acondicionado -un mipiso a nivel marketing-. Nos despedimos y me di cuenta que la vecina se había quedado con ganas de hacerme más preguntas. Los vecinos ingenuos son insaciables. Pero el respeto que le infunde mi sola presencia es tan grande, que no se atrevió a importunarme.
Al día siguiente quiso saber más detalles. Le di las explicaciones más descabelladas que se me ocurrieron. Todo se lo creía. Una semana después le mostré el grabado de la literatura vanguardista. La vecina quedó encantada. Nunca había visto dibujos tan de vanguardia: como no es culta, carece de una biblioteca de nogal italiano.
-¿Cuánto le costo su elaboración?
A una persona dinámica, capaz de tomar decisiones rápidas en la jerarquía, no puede sorprenderle ninguna pregunta.
—El mío me salió…, espere que le diga con exactitud… Hace dos años que lo tengo… Últimamente aumentó el euro (usted sabe que a veces el euro aumenta). Lo pagué en el orden de los catorce mil o quince mil euros.
La vecina meditaba.
-agregué, adivinando sus pensamientos- pueden salir más baratos utilizando material de baja calidad por cinco o siete mil euros.
A continuación le informé que los editaban en Australia, pero que la casa exportadora estaba en Argentina. Los ilusos se cavan su propia fosa: me pidió la dirección de la casa exportadora. Sin remordimiento alguno, en otro rasgo de humorismo genial, cumplimenté en el dorso de una de mis tarjetas de opalina sueca —tarjetas a nivel de subdirección- los siguientes datos: Jorge Luis Borges
133, bulevar de las Camelias
Buenos Aires. 7433
ARGENTINA
Es mi viveza la que me dicta estas ocurrencias espontáneas. Otras, que no tienen inteligencia rápida, se rompen la cabeza pensando y sin embargo jamás tienen ideas como las mías. Paso a analizar veloz e imparcialmente los distintos aspectos de mi invención. Por empezar, le puse como destinatario a Borges, que -si no me falla la memoria, cosa harto difícil- fue el primero, creo, que invento cuentos irreales; además, me parece que ya murió. El nombre de la calle lo inventé: en por ser poético, evocador… «Bulevar de las Camelias»; esto es muy sutil. También inventé el número, sin pensarlo casi.
La vecina me agradeció estas informaciones efusivamente por la dirección que acababa de darle. Dijo que iba a escribir inmediatamente. Yo no podía más de la risa. A veces los ingenuos pueden tener reacciones imprevisibles, reñidas con los más elementales principios de convivencia social y de respeto mutuo. En fin estudie previsibles acciones y como actuar en consecuencia. Tras un mes, compartí el ascensor con la vecina poeta. Cautelosamente, le pregunté cómo estaba.
-Muy bien, gracias -respondió con una extraña sonrisa (pero ingenua, se entiende)- . Pero a usted le tengo que hacer un pequeño reproche.
En seguida calculé, de acuerdo con las reducidas dimensiones del ascensor (que paradójicamente nos nivelaba a mí y a la vecina en una misma velocidad de ascenso), qué clase de golpe sería la más contundente para derrotarla. En estos casos, a los vecinos ingenuos conviene sorprenderlos.
-Estaba equivocada la dirección que usted me dio.
Mirando los numeritos que se iban sucediendo en el tablero del ascensor, fingí sorpresa a nivel Otis.
-Escribí allí al 133 no sé cuánto. Me contestaron que el señor Borges ya no vive en esa casa. Llegamos a nuestro pasillo. Allí estaba a mi merced. Además, en el caso de sentir una repentina compasión hacia la vecina, yo podría abrir rápidamente la puerta y reprimir mi furia justificada en mi minipiso con aire acondicionado desde donde me inclinaría a telefonear a las fuerzas del orden.
-¡Lo lamento! -dije, en un tono a nivel relaciones públicas-. Lo lamento de veras. Yo creía…
-No se haga problemas. Me tuvieron medio dando vueltas, pero, al final, me mandaron la dirección verdadera. Me salió un poco caro, treinta mil euros con flete y todo, pero es genial.
La vecina poeta se metió en su minipiso. Alcancé a ver la caja oscura, de madera de ébano. ¡Qué tonta es la vecina poeta! .Tener un material tan contaminante en plena avenida Presidente. Mañana mismo haré una queja a nivel administrador. ¿Adónde iríamos a parar si dejáramos que los vecinos ingenuos y crédulos realicen sus absurdos caprichos?
©Carmen María Camacho Adarve