Cuentos de una poeta

2 Marzo 2008

CARLA & CARLA

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Todo empezó la tarde que recibí la llamada en mi teléfono móvil, de mi editor, cuyo nombre, por seguridad, prefiero mantener en el anonimato. Me comunico de manea apresurada haber recibido en la editorial un manuscrito mío y los correos de respuesta para las correcciones, eran de otra autora que se llamaba como yo, poeta, y de la misma ciudad. No di mayor importancia al asunto. Al poco tiempo de la extraña noticia comencé a observar a una mujer que vivía frente a mi casa y que se comportaba como yo. En aquel momento no le di demasiada importancia, pero más tarde comencé a recelar de su comportamiento tan parecido al mío y acabé convencida de que escondían algo oscuro. Desgraciadamente estaba muy lejos de sospechar la auténtica verdad. Si entonces hubiese sabido la gravedad de lo que se desarrollaba tan cerca de mí, tal vez habría actuado de otra forma. Pero de haber contado a alguien mis sospechas, nadie me hubiese creído y habría hecho el ridículo más espantoso. Mejor empezaré por el principio.

Aparentaba mi edad el parecido a mi no dejaba ninguna duda al respecto. Las dos éramos muy delgadas, la nariz respingona, los ojos azules y la estatura era aproximada ella un poco mas alta. Llevaba siempre el pelo largo y suelto de color rubio. Vestía ropas de colores oscuros y se adornaba, bolsos o fulares igual a los míos. Para cualquier observador habría pasado por mí. Como ya he dicho, al verla la primera vez no le di importancia, pero tuve un presentimiento extraño que me hizo observarla cuando me cruzaba con ella, o al verla pasar bajo mi balcón. Mis recelos aumentaron cuando comencé a coincidir con ella en la calle al salir a trabajar muy temprano o cuando volvía a casa de madrugada. Una vez ella estaba dibujando un itinerario en el aire, como si realizase un ritual. Cada noche salía y recorría las calles parloteando en una jerga extraña, sin ropas de abrigo, a pesar de las inclemencias del frió invierno. A veces se quedaba parada en una esquina mirando al infinito mientras; hablaba a gritos de esquina a esquina con su igual invisible (que era yo). Las conversaciones parecían ser en castellano, pero nunca fui capaz de comprender lo que decían. Daba la impresión de que esperaba la llegada de alguien que, noche tras noche, no llegaba.

Durante el día también salía, paseaban por el barrio mirando escaparates, charlando o discutiendo con mi fantasma, como si fuésemos dos vecinas más. Y, desde aquel momento empecé a ver siempre a su lado al mi espectro.

Al verlas tan a menudo el presentimiento de que algo ominoso se cernía sobre mi se fue fortaleciendo la gente nos confundía. Poco a poco mis sospechas aumentaron cuando las llamadas para dar recitales, presentaciones de libros, conferencia, -que yo no había concertado-. Comencé a vigilarlas en secreto. Cuando me iba a trabajar salía un rato antes y me quedaba escondida escuchándolas, intentando comprender sus chácharas y anotando sus movimientos, a fin de encontrarle sentido a sus idas y venidas por las calles. Al poco tiempo creí descubrir su estrategia, un plan sutil y probablemente despiadado. Fui madurando la teoría de que era una bruja y que realizaba encantamientos malignos. Me la imaginaba añadiendo exóticos ingredientes a una gran olla hirviente, tal vez preparando una poción maligna para hechizar a incautos y atraerlos a su guarida y convencerlos que era yo. Según leí una vez, se puede distinguir a una bruja por una marca que llevan en un ojo. Todo eso me preocupaba tanto que comencé a padecer insomnio.

Durante lo poco que conseguía dormir soñaba que la mujer igual a mi invocaba un espíritu infernal, un ser aterrador que aparecía rodeado de sus diabólicos acólitos, un ejército de seres abominables horriblemente deformes. Monstruos con terribles garras. A una orden de su ama se abalanzaban contra los indefensos seres humanos, y después les borraba la percepción de las cosas. Veía a los engendros saliendo de los infiernos y sembrando la Tierra de espíritus malignos, transformando nuestro mundo en un pandemonio de depravación ajustado a sus siniestras necesidades. Luego, una vez aniquilado hasta el último ser humano, luchaban entre ellos en terroríficas batallas, en las que no había ninguna regla ni bandos definidos, sólo una orgía de destrucción.

Un tremendo dolor de cabeza me taladraba el cráneo al despertar, como si me hubiesen metido una barrena por la nuca hasta sacarla por la frente. En el trabajo me desconcentraba debido a la falta de sueño; comencé a recibir las broncas de mi editor y el desprecio de mis coetáneos. Mi familia empezó a preocuparse por mí, insistiendo en que fuese a ver al médico, pero no les hice caso, me encontraba perfectamente.

Para evitar las pesadillas pasaba las noches apostada en el balcón con unos prismáticos, un micrófono direccional y una cámara con teleobjetivo, cargada con película de alta sensibilidad. Después de un par de horribles catarros, debidos al frío nocturno, conseguí descubrir una pauta en sus movimientos. Sus paseos siempre eran de noche y según la hora, la época del año, la fase de la luna y la humedad del aire, variaban su recorrido en un complejo patrón que sólo yo fui capaz de descifrar. Estaba claro era hechicera y que ejecutaba algún ritual mágico con aviesas intenciones.

Pedí a mi editor tres meses para viajar en busca de investigación ara mi próximo libro y comencé a investigar por las bibliotecas, buscando antiguos libros de magia y ocultismo. En uno de ellos el alquimista Paracelso explicaba la forma de crear un homúnculo. La receta para crearlo consistía en colocar en una bolsa huesos, esperma, fragmentos de piel y pelo de cualquier animal. Todo esto había de enterrarse rodeado de estiércol de caballo durante cuarenta días, tiempo en el cual el embrión estaría formado. Deseché la idea al tener en cuenta la dificultad de encontrar estiércol de caballo en el barrio… aunque me quedó la duda de si para el diabólico experimento valían también los excrementos de perro que, abundan por las calles.

Después estudié un tratado sobre esoterismo y adivinación de Hermes. Había fallado en mis intentos de colocar cámaras ocultas en su casa y no podía verla para comprobar si echaba las cartas o leía los posos del café, por lo que tuve que probar otra cosa.

Lo intenté con la astrología. Desconocía el signo zodiacal de mi doble pero, fuese cual fuese, procuraba evitar al cartero que era Cáncer y al barrendero, que era Libra. En cambio, cuando hacían la compra en el supermercado, siempre se ponían en la cola de la caja número tres, atendida por un dependiente llamado Juan, que era Acuario. Salvo la coincidencia con las fases de la luna, no le encontré ningún sentido.

También me fallaron el Feng Shui y la astrología china, pues tras muchos estudios, cálculos y cábalas, descubrí que estábamos en el año del la cabra loca. Me pareció algo confuso y cambié la línea de investigación. Busqué en la Biblia. Tras leer el capítulo de las Revelaciones, también llamado Apocalipsis.

En ninguna biblioteca hallé el códice de bacón; querían hacerme creer que era un libro ficticio, pero estaba claro que mentían. Inasequible al desaliento seguí buscando en librerías de ocultismo menos sospechosas de pertenecer a los Iluminati. Mientras tanto mi vecina continuaban con sus recorridos y jaculatorias por el barrio.

Por fortuna todo acabó una noche de invierno, fría y lluviosa, en la que me encontraba apostada en la azotea, justo sobre mi casa, vigilándola. Iba cubierta con un impermeable negro, para pasar desapercibida, y equipada con mi visor nocturno de gran resolución. Me había costado más de tres mil euros y una espantosa discusión con mi pareja, pero valió la pena. Ellas se encontraban, paradas en la calle. Miraban hacia lo alto, al cielo nubloso que comenzaba a descargar gotas de lluvia frías como de hielo. Nunca la había visto tan quieta, y esta vez no parloteaba ni gesticulaba, simplemente permanecía en pie, con la vista clavada en el trozo de cielo que se divisaba entre los edificios. Entonces levanté la mirada hacia las nubes y la vi. A simple vista no hubiese podido distinguir nada, pero mi visor nocturno me permitió observar todos los detalles.

Era una nave espacial inmensamente grande y oscura, y no reflejaba la iluminación de las calles. Fue abriéndose paso a través de las nubes negras con tal suavidad que no se vieron perturbadas por la intrusión. Empezaba a comprender que la mujer igual a mí, a pesar de su aspecto inofensivo, era la avanzadilla de un ejército invasor alienígena. Esa era mi próxima línea de investigación, ya me había suscrito a varias revistas de parapsicología y había comprado las obras completas de Isaac Asimov.

Mi mente comenzó a funcionar a toda velocidad; no sabía que hacer.

Desde mi atalaya esperé que, de un momento a otro, comenzase el ataque, que desatasen una lluvia de lenguas de fuego que fundirían los edificios con grandes explosiones. La nave parecía no tener fin; mirase donde mirase ocultaba el cielo. Debía tener más de 30 kilómetros de diámetro, en el caso de que fuera circular. Estaba ensimismada con la majestuosa nave y en realidad me había olvidado del porqué de mi presencia allí arriba, cuando todo ocurrió muy deprisa. Estuve a punto de perder el control de mis nervios cuando desde la parte central emergía un cegador rayo de luz. Alcé el visor bruscamente y, cuando mi vista se acomodó de nuevo, pude observar anonadada como el haz iluminaba a mis dos vecinas. No sé si en esos momentos dejé de respirar o tal vez fue la impresión, pero sentí un repentino mareo cuando, allí paradas en medio del círculo luminoso, se fueron desvaneciendo hasta desaparecer; como disueltas en el aire.

El brillante haz de luz se apagó, dejándome de nuevo en la oscuridad. Abatí el visor ante los ojos y vi que la nave comenzaba a elevarse atravesando el mar de nubes con suavidad; luego desapareció entre las sombras. El corazón me latía arrítmicamente, las piernas se me aflojaron y caí de rodillas en el suelo húmedo. Al fin comprendí lo que había pasado. Mi otra cual gota de agua a mi era del planeta Marte perdida y sus idas y venidas eran la angustiosa espera del rescate. Qué estúpida había sido al no darme cuenta; si lo hubiese sabido antes tal vez podría haberle ofrecido mi amistad; seguro que se sentía muy sola desdoblada en un cuerpo que no le pertenecía para no llamar la atención. En la misión de estudiar, la mente y su proceso creador de una poeta terrestre.

Ya han pasado algunos meses y ha llegado otro invierno. Mi familia, mi pareja, el mundo de la cultura, me han abandonado y los vecinos huyen de mí, dicen que estoy loca, pero no me importa. Ya no trabajo, finjo tener una enfermedad mental y he conseguido una pensión vitalicia que me permitirá seguir vigilando. Utilizo los prismáticos de día y el visor nocturno por la noche; busco otros extraterrestres entre mis vecinos. Grabo en vídeos digitales los movimientos de la gente del barrio y luego estudio sus pautas. Esta vez no me engañarán. Empiezo a sospechar de un tipo de sorprendente parecido a George Bush pasa a menudo frente a mi casa. Tengo que dejar de escribir, ya casi es la hora a la que va al supermercado a contactar con otros seres de su especie. Hoy probaré mi disfraz de presindent, el traje negro impecable me cae muy bien y la peluca blanca nívea me da un aire realmente intelectual.

Seguiré con mis investigaciones.

©Carmen María Camacho Adarve

12 Enero 2008

BULEVAR DE LAS CAMELIAS 133

 

 

Mi vecina del piso de enfrente es una poeta rara y nada ambiciosa.  Yo, soy pobre de mí,   optimista y confiada.  Cuando me instalé en mi  minipiso –soy afortunada tengo un minipiso-  en el bulevar, amueblado con todo lujo, un minipiso a nivel de subsecretaria de dirección- , cuando tome posesión de   mi minipiso, decía, encontré a la vecina  rara en el ascensor, y  pensé: «Esta mujer  carece de ambición.»  Me di cuenta de que así era ya que soy muy   observadora.  Además, tenía cara de buena persona.  Contrastando abiertamente con el suyo, mi aspecto es despejado, aspecto de persona dinámica, inteligente, capaz, con personalidad agradable, con imagen ganadora.  Me causaron gracia su frente estrecha, sus ojos enormes, su nariz ancha, su labios sin carmín: todo lo cual se resumía en una imagen mediocre, sin perspectivas de futuro, sin ansias de progreso; una imagen de mujer sin ambición, en suma.  En el espejo del ascensor comparé el exterior de aquella mujer con la mía de persona dinámica: la comparación resultó decididamente favorable para la persona dinámica.  Admiré una vez más mis rasgos delicados, mis ojos vivaces, mi nariz recta: las facciones típicas de la mujer de talento.  Además, en nuestra editorial, mi elegancia es proverbial: soy alta y delgada, y estoy siempre perfectamente vestida, maquillada, peinada, y perfumada.  Mi vecina sin ambición es bajita y un poco gorda; tiene el pelo muy seco y su forma de vestir no es elegante.  Yo visto impecablemente -a nivel editorial- gracias al exquisito gusto que me caracteriza.  La descubrí en Internet ella misma me dio la dirección de su blog,  de poeta, tenia un nombre comercial y las poesías eran buenas,  me lo dijo un día en el portal -¡ah trabajas en una editorial- , ¡pues a ver si me lees y puedes hacer algo por mi¡… y así fue como empecé a vivir de ella  Para no herir mi sensibilidad, prefiero abstenerme de describir la vestimenta de la vecina, claro que vivia en el edificio por convenios sociales y esas cosas de la igualdad…  El hecho de que la vecina poeta se precipitara, reconociendo jerarquías, a abrirme la puerta del portal, no logró, sin embargo, conmoverme.  Fue su error.

Ya que advertí que la vecina poeta quería entablar conversación.  Su tema, como podía esperarse, era la poesía, y que si ya había leído su blog: fue el tema propio de una mujer sin ambición.  Me dijo que el calor había venido con toda su fuerza y que, si a la noche no llovía, no sabía qué podía pasar mañana, no podía dormir, carecía de aire acondicionado en su minipiso.  Yo, como soy tan chispeante, le seguí la corriente -para utilizar una expresión un tanto vulgar, impropia del ámbito de la cultura-.  Para divertirme, en vez de hacerle una detallada descripción de mi aparato de aire acondicionado -como hubiera sido lógico-, le informé que yo tenía un método infalible para saber cuándo llovería, y la apabullé diciéndole que esa noche no caería una gota.  Mi vecina poeta, que me creyó pies juntillas.  Sin embargo, su timidez le impidió preguntarme cuál era el método.  Por otra parte, ya habíamos llegado a nuestro piso.

Desde entonces empecé a divertirme a costa de la vecina poeta.  Las ejecutivas necesitamos relajarnos para despejar la mente de la intensa tarea intelectual que desarrollamos en la empresa.  Cada día me inventaba una mentira.  Mi vecina -por ser tan ingenua-   es tontamente crédula.

 Le hice creer que yo iba a ser su mecenas.  No le quise decir la verdad porque soy modesta y también porque soy ocurrente.  Además, hay otro problema.  Mi vecina poeta vende prensa y revistas en la estación de Atocha y tiene que trabajar hasta la tres de la tarde para poder mantener su mipiso con vista al río manzanares (una vista apropiada para una poeta: el río lo único que tiene en su interior es agua suciedad).  Por esta razón yo tenía miedo de que me pidiera un puesto de corregir testos.  Y la verdad es que no se lo quiero dar: primero, porque nuestra editorial -líder en su área- está en plan de extinción de personal administrativo; segundo, porque es una de mis fuentes de ingresos.  Además, no tengo confianza con el jefe de personal.  Por otra parte, poseo muchos intereses en nuestra empresa y debo cuidarlos podían pillarme: no trabajo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche para mantener mi mipiso al contrafrente.  De modo que -volviendo al hilo- la vecina poeta, cada vez que me ve, me saluda diciéndome: « ¡Buenas noches!  ¿Cómo está usted?, (Si es de mañana, me dice « ¡Buenos días!», y, si es de tarde, « ¡Buenas tardes!».)  Me agrada ese merecido respeto que me demuestra la vecina poeta.  Yo suelo contestarle con pocas palabras, dichas en un tono cortante y seco, como corresponde a mi estatus.  En la primera época, a la vecina le interesaban los temas literarios y me volvía loca a preguntas.  Al instante inventaba respuestas con el ingenio que me es inherente, con la rapidez de pensamiento que me llevó a ocupar el puesto de subsecretaria de dirección en una editorial líder.  Al principio, me preocupaba por darles a mis respuestas cierto aire de verosimilitud; luego, cuando advertí que mi vecina se lo creía todo, le decía el primer disparate que se me ocurría.

La vecina poeta me admira, siempre quiere quedar bien conmigo.  Un domingo me invitó a almorzar.  Acepte.  Para esa ocasión había preparado, lasaña casera, salmón la sal, y una tarta de queso.  Mi pasión por la verdad no me deja mentir: debo confesar, que aquellos platos estaban deliciosos.  Un día, hojeando los la literatura de vanguardia (yo tengo una biblioteca importante de nogal italiano, a nivel subsecretaria: poseo catorce colecciones de libros encuadernados; cuando doy un cóctel para otros ejecutivos, siempre miran los lomos), se me ocurrió una idea cuya genialidad superaba inclusive a la de todas las anteriores.  En cuanto me encontré con la vecina -¿A usted le gusta los poemas en tres dimensiones?  -pregunté-.  ¿Por qué no hace un poema en tres dimensiones? , éxito seguro.

-¿Un poema tridimensional?  —preguntó-.  ¿Qué es y como se hace un poema en tres dimensiones?

Yo había previsto que no iba a saber qué era un poema visual a tres dimensiones: Le expliqué, recurriendo a mi notable espíritu de síntesis, cuáles eran las características.

-Yo los hago y vende muy bien -agregué.

-¿No me los podría mostrar?  -los vecinos crédulos suelen pedir imposibles.

-Lamentablemente, no.  Lo haría con mucho gusto por ser usted quien me lo pide.  Pero, es un secreto de la editorial: salen muy caros, son tan caros.  Que hay que guardarlo en una caja oscura, preferentemente de madera de ébano, y es fundamental que no reciban fuentes de luz.- ¿Y qué material emplea?

-Colages, versos, rimas, Reggaeton , rap, jip jop y películas de alta sensibilidad.  Ahí está la caja, ¿ve?

Entreabrí un poco la puerta de mi mipiso y, desde lejos, le mostré al vecino tonto una caja que acababan de mandarme con las nuevas muestras de encuadernación sintéticas inarrugables que produce nuestra empresa.  A la vecina poeta se le iban los ojos.  Naturalmente, no lo invité a pasar.  Un vecina poeta no tiene nada que hacer en mi mipiso con aire acondicionado -un mipiso a nivel marketing-.  Nos despedimos y me di cuenta   que la vecina se había quedado con ganas de hacerme más preguntas.  Los vecinos ingenuos  son insaciables. Pero el respeto que le infunde mi sola presencia es tan grande, que no se atrevió a importunarme.

Al día siguiente quiso saber más detalles. Le di las explicaciones más descabelladas que se me ocurrieron.  Todo se lo creía.  Una semana después le mostré el grabado de   la literatura vanguardista.  La vecina quedó encantada.  Nunca había visto dibujos tan de vanguardia: como no es culta, carece de una biblioteca de nogal italiano.

-¿Cuánto le costo su elaboración?

A una persona dinámica, capaz de tomar decisiones rápidas en la jerarquía, no puede sorprenderle ninguna pregunta. 

—El mío me salió…, espere que le diga con exactitud…  Hace dos años que lo tengo…  Últimamente aumentó el euro (usted sabe que a veces el euro aumenta).  Lo pagué en el orden de los catorce mil o quince mil euros.

La vecina   meditaba.

 -agregué, adivinando sus pensamientos-   pueden salir más baratos utilizando material de baja calidad por cinco o siete mil euros.

A continuación le informé que los editaban en Australia, pero que la casa exportadora estaba en Argentina.  Los ilusos se cavan su propia fosa: me pidió la dirección de la casa exportadora.  Sin remordimiento alguno, en otro rasgo de humorismo genial, cumplimenté en el dorso de una de mis tarjetas de opalina sueca —tarjetas a nivel de subdirección- los siguientes datos:    Jorge Luis Borges

133, bulevar de las Camelias

Buenos Aires.  7433

ARGENTINA

Es mi viveza la que me dicta estas ocurrencias espontáneas.  Otras, que no tienen inteligencia rápida, se rompen la cabeza pensando y sin embargo jamás tienen ideas como las mías.  Paso a analizar veloz e imparcialmente los distintos aspectos de mi invención.  Por empezar, le puse como destinatario a Borges, que -si no me falla la memoria, cosa harto difícil- fue el primero, creo, que invento cuentos irreales; además, me parece que ya murió.  El nombre de la calle lo inventé: en por ser poético, evocador…  «Bulevar de las Camelias»; esto es muy sutil.  También inventé el número, sin pensarlo casi.

La vecina me agradeció estas informaciones   efusivamente por la dirección que acababa de darle.  Dijo que iba a escribir inmediatamente.  Yo no podía más de la risa.  A veces los ingenuos pueden tener reacciones imprevisibles, reñidas con los más elementales principios de convivencia social y de respeto mutuo.  En fin estudie previsibles acciones y como actuar en consecuencia.  Tras un mes, compartí el ascensor con la vecina poeta.  Cautelosamente, le pregunté cómo estaba.

-Muy bien, gracias -respondió con una extraña sonrisa (pero ingenua, se entiende)- .  Pero a usted le tengo que hacer un pequeño reproche.

En seguida calculé, de acuerdo con las reducidas dimensiones del ascensor (que paradójicamente nos nivelaba a mí y a la vecina en una misma velocidad de ascenso), qué clase de golpe sería la más contundente para derrotarla.  En estos casos, a los vecinos ingenuos conviene sorprenderlos.

-Estaba equivocada la dirección que usted me dio.

Mirando los numeritos que se iban sucediendo en el tablero del ascensor, fingí sorpresa a nivel Otis.

-Escribí allí al 133 no sé cuánto.  Me contestaron que el señor Borges ya no vive en esa casa.  Llegamos a nuestro pasillo.  Allí estaba a mi merced.  Además, en el caso de sentir una repentina compasión hacia la vecina, yo podría abrir rápidamente la puerta y reprimir mi   furia justificada en mi minipiso con aire acondicionado desde donde me inclinaría a telefonear a las fuerzas del orden.

-¡Lo lamento!  -dije, en un tono a nivel relaciones públicas-.  Lo lamento de veras.  Yo creía…

-No se haga problemas.  Me tuvieron medio dando vueltas, pero, al final, me mandaron la dirección verdadera.  Me salió   un poco caro, treinta mil euros con flete y todo, pero es genial.

La vecina poeta se metió en su minipiso.  Alcancé a ver la caja oscura, de madera de ébano.  ¡Qué tonta es la vecina poeta! .Tener un material tan contaminante en plena avenida Presidente.  Mañana mismo haré una queja a nivel administrador.  ¿Adónde iríamos a parar si dejáramos que los vecinos ingenuos y crédulos realicen sus absurdos caprichos?

©Carmen María Camacho Adarve

 

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